¿Qué hacer cuando tu hijo te falta al respeto?


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¿Quién no le ha dicho alguna vez a su hijo?

De 4 años: ¡Malo, eres un niño malo! Eso no se hace y tú lo sabes…
De 7 años: Déjame tranquilo ahora, Óscar. No haces más que molestar y ya estoy harto de ti. Anda, vete a jugar un ratito…
De 10 años: Vaya, vaya… ¡Qué inteligente eres, hijo mío! Te digo que hagas los deberes y tú, como eres tan listo y no necesitas aprender, te pones a jugar… ¡Debes ser megainteligente!
De 14 años: ¡¡Has llegado una hora tarde!! ¡Eres un desastre! Ya estoy harto de tus excusas y tus tonterías. Lo que pasa es que eres un caradura…
De 16 años: Pareces tonto, hijo… ya no sé cómo decírtelo para que te enteres… ¿Lo entenderías mejor en chino?

¿Por qué cuándo estamos en desacuerdo con nuestro jefe le mostramos más respeto que cuando discutimos con nuestro hijo? ¿Por qué cuándo estamos iracundos con nuestros amigos medimos nuestras palabras y con nuestro hijo explotamos a la primera sin sopesar las duras palabras que salen de nuestra boca?

Respeto y proactividad


El respeto es un aliado de la proactividad. Un niño que se siente respetado es más proclive a colaborar y escuchar. Podemos ser firmes, hacer cumplir las normas y no necesariamente faltarles el respeto. De hecho, es más fácil para nuestros hijos acatar unas normas o unos límites si nuestra postura es de respeto hacia ellos.

Es más fácil que se involucren si les decimos las frases anteriores reformuladas de esta manera:

De 4 años: Eso no se toca. Vuelve a dejar el teléfono de mamá en su sitio, por favor.
De 7 años: Óscar, ahora no puedo jugar contigo porque necesito descansar. Quizás después de cenar, ¿vale?
De 10 años: Cuando acabes de hacer los deberes, podrás jugar. Ahora es el momento de trabajar.
De 14 años: No sirven las excusas. Has llegado una hora tarde y ahora debes asumir las consecuencias…
De 16 años: Las normas de esta casa son muy claras y las consecuencias también. ¿Tienes algún problema con ellas?

¿Qué conseguimos cuando les faltamos al respeto?


Pero gritarles, insultarles o ridiculizarles no es la única manera de faltarles al respeto. Pensemos en los ejemplos siguientes:

– Les faltamos al respeto cuando somos impuntuales con ellos al recogerles o llevarles al colegio o a sus diferentes actividades extraescolares.

– Cuando los ignoramos, cuando contestamos con un “sí” mecánico o un “no” automático porque sencillamente en ese momento es más importante para nosotros leer el periódico o escuchar las noticias.

– Cuando los progenitores se faltan ellos mismos al respeto y los hijos son testigos de ello. Ellos sufren, lo sabemos y no nos importa en esos momentos.

Cuando agotados mental y psíquicamente, acabamos una situación que podría ser educativa con una bofetada que zanja la cuestión y afirma el poder (no la autoridad) del padre o la madre.

– Les faltamos al respeto cuando sin ningún criterio, solo por nuestra comodidad y sin explicaciones, incumplimos las promesas que les hemos hecho.

– Les faltamos al respeto cuando les exigimos cosas que nosotros no estamos dispuestos a hacer.

– Cuando comparamos a nuestro hijo con otras personas que son mejores que él en algún aspecto.

– Es una falta de respeto esa mirada que dice “tú eres tonto, no haces nada bien” o ese profundo e hiriente suspiro que le dice sin palabras “otra vez la misma escenita, no hay manera de que aprendas…”.

– Es una falta de respeto ignorar su opinión porque “es pequeño y no entiende de esto…”
De esta manera conseguimos, además de que ellos aprendan también cómo faltarnos el respeto, que nuestros hijos desconfíen de nosotros, que se sientan infravalorados y poco estimados, que aparezcan rencores o que “decidan” inconscientemente no comunicarse con nosotros.

¿Cómo actuar ante la falta de respeto de nuestro hijo?


Somos los padres y tenemos más experiencia y madurez. ¡No más categoría o dignidad! Todos nuestros hijos, independientemente de lo que hagan o digan, se merecen nuestro respeto, aunque a veces no nuestro apoyo ni nuestra autorización.

Cuando ellos nos faltan al respeto es precisamente cuando les hemos de devolver respeto, un modelo de actuación que les impacte en su mente y les haga replantearse su comportamiento.

Ante los insultos de tu hijo, devuélvele respeto. Corrígele, trasmítele tu malestar pero no respondas al mismo nivel que él, con ironía, desprecio, gritos o insultos. ¡Sé un modelo correcto que pueda imitar en el futuro!

Ante la agresividad, sé modelo de autocontrol. Ante sus mentiras, sé modelo de sinceridad.
Aplica las consecuencias que procedan pero siempre teniendo en la mente qué no quieres corregir un comportamiento concreto sino un proceso de pensamiento. Para él lo más fácil ante un conflicto es insultar o pegar. Tu intervención debe ir dirigida a enseñarle otras formas de actuación, desde el respeto y la comprensión, no desde el odio o la ira.

Para que un niño aprenda a respetar, primero debe sentirse respetado.

Fuente: www.solohijos.com
Elena Roger Garmir

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Publicado el 16 octubre, 2015 en Sin categoría. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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