Una torta bien dada nunca está bien dada

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Cunde cierta creencia de que un cachete a tiempo, una torta bien dada, soluciona muchos problemas educativos. Lo sentimos: no estamos de acuerdo. Lo venimos diciendo por activa y por pasiva: una torta bien dada nunca está bien dada, un cachete a tiempo sigue siendo un cachete que tiene sus consecuencias a destiempo.

No se puede educar a bofetadas. De hecho, cuando se nos escapa una, sentimos eso mismo: que se nos ha escapado, que se nos han acabado todos los argumentos educativos y hemos tenido que tirar de la fuerza física. “Llega un momento en que no puedo más y le doy una torta”, nos confiesan muchas madres. Eso demuestra justamente que echamos mano, nunca mejor dicho, de la “oratoria de la zapatilla”, la que usa la mamá de Manolito, el amigo de Mafalda, cuando nos sentimos nerviosos, impotentes, cansados…Y con tales premisas montamos un silogismo para justificar lo injustificable: la conveniencia educativa de la agresión física.

“Un cachete de vez en cuando le viene de maravilla”, suele ser otro argumento incontestable. Pero, ¿a quién le viene bien: a la educación de nuestros hijos o a nuestra propia tranquilidad? Sigamos con más cosas que, aunque no queramos reconocerlo, se dicen, como ésta: “No sé si sirvió para algo la bofetada que le solté, pero me quedé tan a gusto…”. ¿Es posible que esto lo haya dicho un padre? Por desgracia, sí.

No obstante, el argumento más esgrimido es el del “cachete a tiempo”. Generalmente se utiliza en su valor condicional o de advertencia, por lo que se convierte en una falacia. “Si le hubiera dado un cachete a tiempo…”. Nadie puede decir qué hubiera pasado si se hubiera cumplido la prótasis, es decir, la condición. O… quizá sí.

En cierto modo, eso es lo que intentó demostrar un estudio realizado por la American Academy of Pediatrics en 2012. La conclusión del estudio, que manejaba datos obtenidos de 34.000 personas adultas de Estados Unidos, fue que el castigo severo en la infancia (no los maltratos graves), se refería a empujones, golpes, bofetadas… está relacionado con el desarrollo de desórdenes y enfermedades mentales en la edad adulta. Así, la manía y la dependencia de drogas o alcohol aparecen en entre un 2% y un 5% de los que informaron haber sufrido ese tipo de castigos en su infancia. Con el tiempo, los niños y niñas que recibieron un “cachete a tiempo” fueron más propensos (entre el 4% y el 7%) a las paranoias, los comportamientos antisociales, la dependencia emocional o el narcisismo.

No hay un momento mejor que otro para dar un cachete a un hijo. El mejor momento es no darlo nunca. Un cachete a tiempo trae consecuencias en el tiempo: sabemos cuáles son las negativas; las positivas no se han descrito.
La pedagogía no es una ciencia exacta y hay muchos aspectos opinables, lo cual no significa que no deban ser razonados. Los argumentos a favor de “un cachete a tiempo” o “una torta bien dada” los hemos escuchado muchas veces y siempre son polémicos. Hay padres a favor y padres en contra, con todo lujo de matices.

No existe justificación para un cachete

A continuación, vamos a presentar e intentar refutar los argumentos que defienden el cachete. Los más utilizados son estos:

“Agradezco que de niño me dieran un cachete”. ¿No sería mejor agradecer por los cachetes que no nos dieron?/td>
“El recurso a la torta ha de ser algo excepcional”. La excepción confirma la regla. ¿Qué regla queremos confirmar?
“Con aquella bofetada, aprendió la lección”. Hay otras formas de aprender: escojamos la mejor.
“Es la única forma de cortar una rabieta y de que vuelva en sí”. La mejor manera de extinguir una conducta es ignorarla. El niño quiere llamar nuestra atención y lo consigue.
“Si una buena conducta merece un premio, una mala merece un castigo”. No todas las acciones correctas hay que premiar ni todas las incorrectas castigar. La “pedagogía de la foca” puede funcionar para adiestrar pero no para educar.
“Un pequeño cachete vale más que mil palabras”. Se cree erróneamente que un niño entiende mejor la “oratoria de la zapatilla” que los argumentos y explicaciones.
“Un azote aplicado sin rabia, con tranquilidad, no puede ser perjudicial”. ¿Pica menos un azote sin rabia? ¿Cómo lo interpreta el niño?
“Para que sepas quién manda aquí”. Así no se gana la autoridad, lo único que conseguimos es que nos teman. El Príncipe de Maquiavelo prefería más ser temido que amado, pero los padres no pueden ser maquiavélicos.
“Te pego porque te quiero”. Algo que ni un niño, ni nadie, puede comprender.
“Ante una situación límite, por ejemplo, un pequeño que va a cruzar la carretera”. Sería un caso en el que el fin justifica los medios, como empujar a alguien si le va a arrollar el tren.
“Le pego por su bien”. Por su bien se pueden hacer muchas otras cosas.
“Nadie me dice lo que tengo que hacer”. Nosotros proponemos un estilo educativo, en ningún momento lo imponemos. Son los padres los que deciden.

Fuente: www.solohijos.com
Pilar Guembe y Carlos Goñi

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Publicado el 1 octubre, 2015 en Sin categoría. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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